domingo, 17 de enero de 2010

LAS TRENZAS DE LA ABUELA

LAS TRENZAS DE LA ABUELA

Gertrudis se encontraba en la mejor etapa de su vida; los ojos le brillaban con mayor intensidad, el cabello negro como la noche caía sobre sus espaldas, sus caderas representaban un ir y venir en cada paso que daba, sus muslos eran una fiel copia de una musa; las manos morenas y maltratadas por el excesivo trabajo que tenía que realizar cuidando las vacas en aquel pueblo de Mixquiahuala en donde había crecido al lado de su madre y hermano con una rigurosa severidad a tal grado de no salir después de las seis de la tarde; ya que una señorita decente no tenía que dar motivos para que hablara la gente sino todo lo contrario, hacer que ésta aprobara sus actitudes.
Gertrudis apegada a estas normas no tenía otra opción que obedecerlas pues sino lo hacía Marcial su hermano mayor la insultaba y golpeaba hasta dejarla moribunda, ya que como tesorero del Municipio le impedía que su familia tuviera una conducta desfavorable ante los ojos de la gente y las autoridades del pueblo debido a que doña Cruz siendo tan comunicativa de todas las labores de cada persona cuidaba que en el pueblo reinara una paz moral en cada situación.
Doña Cruz era odiada por Gertrudis, pues gracias a ella no podía ver a Hipólito su novio y aunque eso no le impedía realizar tal acción se cuidaba de no dejar testigos; no fue hasta que una tarde de verano los dos apasionados amantes decidieron entregarse en cuerpo y alma para sellar su gran amor, cuando de repente escucharon las llantas de un caro y con un solo movimiento ambos se separaron; al ver que se acercaba Marcial quedaron perplejos.
- ¿Qué hiciste Gertrudis? Has cavado tu propia tumba Hipólito; si tiene consecuencias este acto te juro que te mato.
Los amantes quedaron perturbados al escuchar hablar a Marcial; Hipólito corrió como alma que lleva el diablo sin mirar atrás hasta llegar a las milpas de maíz en donde se encontró a su padre quien horas antes lo estaba buscando ya que tenía que ir a cosechar el frijol en las milpas de Taxhuadá.
Doña Lolita sufría de fuertes dolores de pecho debido a que estaba enferma del corazón; tal fue su sorpresa que se llevó al saber que su hija Gertrudis estaba embarazada que cayó en cama durante todo un mes; se sentía triste, desconsolada, decepcionada y sobre todo desmoralizada ya que se le venían tiempos difíciles pues sería el hazme reír del pueblo gracias al desliz de Gertrudis.

- Mamacita quiere comer algo; no ha probado bocado desde hace tres días.
- No me hables muchacha, estoy que me muero por tu locura y metida de pata; ojalá hubieras pensado en el pecado que ibas a cometer y así evitar que casi muriera.
En aquel instante Marcial iba entrando a la casa enfurecido y exhausto solo mencionó:
- ¡Vete de aquí idiota! No molestes a mi madre; gracias a tus tonterías somos la comidilla del pueblo y el hazme reír de mis amigos, ahora solo estoy esperando que me eche de la presidencia don Cándido ya que es amigo íntimo del presidente municipal.
Gertrudis agachó la cabeza y sin darle oportunidad a Marcial de seguirle reprochando caminó hacia el corredor, ahí lloró amargamente hasta que se percató que era hora de darle de comer a los animales. Cuando se dirigía a sus labores un peón se le acercó y le dijo que Hipólito la esperaba a las cinco de la tarde en el kiosco del parque; en esos momentos apareció Marcial.
- Vete a ordeñar a las vacas y lo haces bien porque ayer salieron pocos litros de leche; no pienses que tu estado te va a salvar de todos tus quehaceres.
Eran las cuatro y media de la tarde y Gertrudis estaba como una diosa, traía sus trenzas largas y negras, su rebozo nuevo, zapatos cafés y un vestido largo color café; en la mano tenía un anillo de plata que le había regalado doña Lolita al cumplir sus veinte años.
Al llegar al encuentro furtivo Hipólito casi se va de espaldas al ver a su diosa.
- Estás hermosa morenita así me gustaría verte todos los días, tu aroma me hace sentir que estoy en el cielo.
- Gracias Hipo, yo sé que no mientes pero lo reafirmarás cuando me abraces fuerte y le des gracias a Dios por concederte la gracia de ser padre.
- ¿Estás loca? ¿De qué diablos estás hablando?
- La cita no fue para un reencuentro amoroso Hipo es para decirte que dentro de ocho meses serás papá.
- Olvídate de mí no será que ese hijo que tienes en el vientre sea de otro fulano y ahora me vienes con el cuento de que es mío.
- Tú sabes perfectamente que no es así, yo te entregué mi virginidad, mi amor y no me arrepiento de tal acto.

- No, no y no Gertrudis ese hijo no es mío y hazle como quieras porque yo no me haré responsable de él y por favor no me vuelvas a buscar, arréglatelas como puedas.
Al oír eso Gertrudis sintió que todo le daba vueltas y quería que la tierra la sepultara viva; en esos momentos pasaba doña Cruz y le preguntó:
- ¿Qué haces aquí Gertrudis te sientes mal?
- No doña Cruz, déjeme sola que estos asuntos no le importan ya estoy cansada de escuchar sus estúpidos comentarios, falsos y ruines.
- Pero tú sabes bien que es cierto, porque lo que acabo de escuchar la gente del pueblo no te lo perdonará, tu familia será la comidilla de todos.
- Haga lo que quiera señora, no me importa, si eso la hace feliz sígalo haciendo.
Doña Cruz se sintió ofendida y lo primero que hizo fue ir a la iglesia para confesarse y posteriormente platicar a sus amigos y conocidos lo que había escuchado con Hipólito y Gertrudis.
Pasaron los días, hasta que una tarde llegó Marcial enardecido pateando todo lo que se le ponía enfrente; doña Lolita lo detuvo y le preguntó qué le pasaba.
- Estoy harto de ser el bufón del pueblo, prefiero ver muerta a Gertrudis que seguir aguantando las risas burlonas de todos; lo bueno de todo esto es que Hipólito no vivió para casarse con otra.
- ¿Por qué dices eso hijo?
- Mamá, Hipólito acaba de morir hace una hora, lo atropelló su propio tractor, el imbécil no puso freno y al quitar una piedra se le fue encima.
- No me alegra pero al menos Gertrudis ya no será el chisme del pueblo.
Gertrudis no supo nada de la muerte de su exnovio hasta meses después que doña Cruz se lo comunicó y al escucharlo se sintió mal y empezó con dolores de parto; su madre no tardó en llamar a la comadrona y en un abrir y cerrar de ojos Gertrudis se convirtió en mamá de una hermosa niña; llamándola Griselda.
Fueron años difíciles para Gertrudis y su hija, ya que la familia de Hipólito siempre les hacían desaires a las dos sobre todo a la niña, le restregaba en su carita que era una basura y que jamás gozaría de la herencia de su padre. Gertrudis al escuchar todas las calumnias e injurias solo agachaba la cabeza tapándose la cara con el rebozo; Griselda al ser tan pequeña no entendía el desplante de la gente y solo le daba un fuerte apretón de manos a su madre en señal de amor y a cariño.
Gertrudis vio crecer a su hija con desconsuelo y cansancio debido a que siempre estaba en cama por un sinfín de enfermedades; lo que la sostenía en pie era el amor de su madre Lolita quien le llamaba la atención por ser tan dura y fría con Griselda; cada mañana le deba consejos para que hiciera sentir a gusto a su hija, pero Gertrudis dejaba a un lado aquellas palabras y se dedicaba a mandar a los criados y darle asilo a la gente que se refugiaba en la casa grande, debido a la falta de trabajo en sus rancherías.
Una mañana de verano se disponía a darle el desayuno a su madre fría y sonriente en la cama, Gertrudis echó a llorar, que se olvidó del tiempo hasta que un sirviente al no ver que salía de la recámara entró a auxiliarla y reconfortarla en su dolor. Fue entonces que en esos instantes entró Marcial y empezó a maldecir a Dios y a todos los santos por haber permitido que su madre estuviera muerta.
Le hicieron un funeral que duró una semana completa con su respectivo novenario; llegó gente del Municipio y pueblos aledaños para darles el pésame a Marcial y Gertrudis; la primera que llegaba al novenario era doña Cruz, la cual se encargó de regar la noticia de la muerte de doña Lolita.
Griselda se encontraba desconcertada al ver tanta gente en el sepelio de su abuela y solo pensaba qué iba hacer de su vida sin aquella mujer la cual quería más que su propia madre, pues en ella había encontrado cariño, comprensión y una gran ternura que no tuvo de su mamá.
Pasaron únicamente dos años cuando encontraron muerto a Marcial en la colonia el calvario; había ido a avisarle un criado de la casa a Gertrudis, el mismo que años atrás la había consolado cuando murió su madre, sin embargo, ella no prestó atención a éste, sino que corrió desesperada a la cantina para recoger a su hermano; había mandado darle un balazo por la espalda un enemigo de campaña, ya que Marcial era un excelente candidato para la presidencia del Municipio; pues éste conseguió muchos beneficios al pueblo como tesorero.
Lamentablemente no hubo un culpable en el momento; pasaron varios años para encontrarlo y tal fue la sorpresa de Gertrudis al ver al criado de su exnovio que se declaraba culpable de la muerte de Marcial; corrió inmediatamente a golpearlo y reclamarle que él había traído mala suerte y desgracias en su familia.
Griselda era una joven bella, pero llena de odio y rencor para con su madre, ya que Gertrudis nunca le brindó amor, cariño, comprensión y dedicación a ella; sólo se concentró a manejar las tierras y el ganado que le había heredado su madre, volviéndose frívola y calculadora hasta que sintió la muerte en vida al ver el rechazo de la gente y sus familiares. Fue entonces como empezó a repartir sus bienes con su hija, pero al ver que ésta le gustaba ayudar a los demás, le retiró su apoyo y amenazó con quitarse la vida si hacía obras de caridad o se casaba con alguien que no fuese de su agrado.
A Griselda no le quedó otro remedio que hacer su casa, tener su familia y cuidar sus animales por sí misma sin pedirle ayuda a su madre separándose de ella, dejándole partido el corazón y fracturando su vida emocional y social.

1 comentario:

  1. está muy interesante y no hay que estarse burlándose porque alguna ves vas a necesitar ayuda.

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